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La Matutina Digital
Un llamado personalizado
Por: Julio Gamboa - Ecuador
Jeremías 29:11
Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz y no de mal, para daros el fin que esperáis.
Desde pequeño crecí rodeado de valores y enseñanzas católicas que me guiaban día a día y participando en actividades juveniles que me hacían sentir parte de algo.
A los 16 años surgió la oportunidad de guiar a un grupo de niños dando catecismo, y la asumí con entusiasmo; me preparé cada día, repasando y organizando todo con cuidado. Sin embargo, el sábado que debía iniciar, mis lentes se rompieron y ese imprevisto me impidió salir de casa. Me sentí frustrado y triste, creyendo que todo mi esfuerzo había sido en vano.
Al día siguiente, mientras veía desde la ventana, observé a varios niños y adolescentes con un pañuelo amarillo sobre los hombros, transformando un terreno cercano, combinando servicio, juegos y risas. Me invitaron a unirme a su club, un espacio que jamás había considerado y que, de no ser por ese llamado, nunca habría abierto mi mente. Poco a poco fui participando, escuchando y aprendiendo, hasta comprender que Dios me llamaba por medio de ese club a algo más grande: no solo a enseñar, sino a guiar, liderar y acompañar a otros jóvenes en su crecimiento en la fe.
Con el tiempo comprendí que cada obstáculo, cada retraso y cada experiencia inesperada formaban parte de un plan más grande, que me preparaba para asumir responsabilidades profundas y ayudar a otros a encontrar su camino, experimentando por mí mismo la verdad y la alegría de vivir con propósito y compromiso.
A los 16 años surgió la oportunidad de guiar a un grupo de niños dando catecismo, y la asumí con entusiasmo; me preparé cada día, repasando y organizando todo con cuidado. Sin embargo, el sábado que debía iniciar, mis lentes se rompieron y ese imprevisto me impidió salir de casa. Me sentí frustrado y triste, creyendo que todo mi esfuerzo había sido en vano.
Al día siguiente, mientras veía desde la ventana, observé a varios niños y adolescentes con un pañuelo amarillo sobre los hombros, transformando un terreno cercano, combinando servicio, juegos y risas. Me invitaron a unirme a su club, un espacio que jamás había considerado y que, de no ser por ese llamado, nunca habría abierto mi mente. Poco a poco fui participando, escuchando y aprendiendo, hasta comprender que Dios me llamaba por medio de ese club a algo más grande: no solo a enseñar, sino a guiar, liderar y acompañar a otros jóvenes en su crecimiento en la fe.
Con el tiempo comprendí que cada obstáculo, cada retraso y cada experiencia inesperada formaban parte de un plan más grande, que me preparaba para asumir responsabilidades profundas y ayudar a otros a encontrar su camino, experimentando por mí mismo la verdad y la alegría de vivir con propósito y compromiso.
Dios tiene un plan único para cada uno de nosotros. A veces, los obstáculos o cambios inesperados nos llevan a descubrimientos lo que nunca habríamos imaginado.
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