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La Matutina Digital
Cuando tus ojos dejan de mirarte y empiezan a mirar a Cristo
Por: Luis Isaac Jácome Guerrero - Ecuador
Efesios 2:8-9
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.
Hay una frase de Martín Lutero que resume una de las luchas más profundas del ser humano: «Me miré a mí mismo y vi imposible salvarme; miré a Jesús y vi imposible perderme». ¡Qué cierto es! Cuando nos miramos demasiado, solo encontramos motivos para desanimarnos: pecados que se repiten, promesas que rompimos, oraciones que no hicimos y una lista interminable de cosas que sentimos que deberíamos haber hecho mejor.
Muchos jóvenes viven intentando ser lo suficientemente buenos para que Dios los acepte. Pero la salvación nunca fue un premio para quien hace más, sino un regalo para quien cree. Ninguna buena obra, ningún ministerio, ninguna asistencia a la iglesia ni siquiera una vida aparentemente correcta puede comprar lo que Cristo ya pagó completamente en la cruz.
Eso no significa que nuestras obras no importen; importan, pero son el resultado de haber sido salvados, no el requisito para serlo. Obedecemos porque amamos, no para que Dios nos ame.
Cuando Pedro comenzó a mirar las olas, empezó a hundirse. Mientras sus ojos estuvieron en Jesús, caminó sobre el agua. Lo mismo ocurre con nosotros. Si cada día solo contemplamos nuestras debilidades, terminaremos creyendo que no hay esperanza. Pero cuando fijamos la mirada en Cristo, recordamos que nuestra seguridad no depende de la fuerza de nuestra fe, sino de la fidelidad de Aquel en quien hemos puesto nuestra fe.
No te definen tus errores, sino el amor con que Cristo te redimió.
Muchos jóvenes viven intentando ser lo suficientemente buenos para que Dios los acepte. Pero la salvación nunca fue un premio para quien hace más, sino un regalo para quien cree. Ninguna buena obra, ningún ministerio, ninguna asistencia a la iglesia ni siquiera una vida aparentemente correcta puede comprar lo que Cristo ya pagó completamente en la cruz.
Eso no significa que nuestras obras no importen; importan, pero son el resultado de haber sido salvados, no el requisito para serlo. Obedecemos porque amamos, no para que Dios nos ame.
Cuando Pedro comenzó a mirar las olas, empezó a hundirse. Mientras sus ojos estuvieron en Jesús, caminó sobre el agua. Lo mismo ocurre con nosotros. Si cada día solo contemplamos nuestras debilidades, terminaremos creyendo que no hay esperanza. Pero cuando fijamos la mirada en Cristo, recordamos que nuestra seguridad no depende de la fuerza de nuestra fe, sino de la fidelidad de Aquel en quien hemos puesto nuestra fe.
No te definen tus errores, sino el amor con que Cristo te redimió.
La salvación nunca descansó sobre tus hombros. Descansa en las manos de Cristo, y esas manos jamás han soltado a quien decide confiar plenamente en Él.
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