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La Matutina Digital

El saco de víveres que Dios envió.

Por: Christian Zambrano Funes - Ecuador

Filipenses 4:19

Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.

En los momentos más oscuros, cuando parece que no hay salida y el hambre azota nuestro hogar, es fácil perder la fe.

Recuerdo una época en que mamá y yo vivimos el "tiempo de las vacas flacas", sin alimento durante casi un mes; el peso de la desesperación pudo ahogar cualquier esperanza. Al ver los ojos llorosos de mi madre pidiendo perdón por no poder alimentarme, el nudo en mi garganta era el eco de la angustia, pero en mi corazón resonaron las promesas de Dios.

Decidí no dejar que la adversidad ganara; oculté mis lágrimas, sonreí a mamá y le propuse orar. Ese acto de fe fue el puente entre nuestra necesidad y el milagro que Dios tenía preparado. Minutos después de orar, llamaron a la puerta; eran dos hombres que traían para regalarnos un saco lleno de víveres, supe entonces que no era casualidad fue la manifestación tangible del amor y el cuidado de nuestro Dios, quien nunca desampara a quienes le buscan con sinceridad.

Ese momento transformó mi fe, porque descubrí que Dios no solo habla en las páginas de la Biblia, sino que actúa en la realidad de nuestras vidas. Los milagros no siempre son grandes portentos visibles para todos; a menudo son gestos precisos y oportunos que llegan justo cuando más los necesitamos, recordándonos que nunca estamos solos.

Cada dificultad que superamos con la ayuda de Dios fortalece nuestra fe en él y nos permite reconocer sus maravillas en cada rincón de nuestra existencia.
En el silencio de la necesidad, la voz de Dios se hace oír. Él es nuestro proveedor fiel, y sus milagros llenan nuestras vidas de esperanza y alabanza.
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