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La Matutina Digital
El vacío de tu corazón.
Por: Christian Zambrano Funes - Ecuador
Salmo 42:1-2
Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?
En ocasiones, nos sentimos vacíos. Es una sensación que nos inquieta, que nos hace buscar algo para llenarlo con desesperación. Y entonces corremos a distraernos: buscamos más ruido, más pantallas, más gente, más cosas que nos hagan olvidar esa incomodidad. Pero, por más que intentemos llenarlo con distracciones pasajeras, el sentimiento siempre vuelve a golpear la puerta.
Y es que el alma humana no se sacia con cosas efímeras. El ruido del mundo se apaga tarde o temprano, las pantallas se quedan en negro, la gente se despide y se va, y el vacío sigue intacto ahí dentro. Comprendemos que ese espacio no se llena con elementos externos, sino con aquello capaz de tocar lo más íntimo y profundo de nuestro ser.
Quizá olvidamos una verdad hermosa, o tal vez aún no la descubrimos del todo: nuestra vida se colma de sentido solo cuando decide volver a casa. Esa casa no es una dirección física en el mapa, sino la comunión íntima con Dios. Él conoce cada rincón de nuestra historia y lo que realmente necesitamos.
Cuando nos acercamos a Jesús, cuando conversamos con Él en el silencio y nos abrimos a Su presencia, el vacío se transforma en paz, amor genuino y propósito eterno. Dios es el verdadero hogar que nuestra alma anhela.
Y es que el alma humana no se sacia con cosas efímeras. El ruido del mundo se apaga tarde o temprano, las pantallas se quedan en negro, la gente se despide y se va, y el vacío sigue intacto ahí dentro. Comprendemos que ese espacio no se llena con elementos externos, sino con aquello capaz de tocar lo más íntimo y profundo de nuestro ser.
Quizá olvidamos una verdad hermosa, o tal vez aún no la descubrimos del todo: nuestra vida se colma de sentido solo cuando decide volver a casa. Esa casa no es una dirección física en el mapa, sino la comunión íntima con Dios. Él conoce cada rincón de nuestra historia y lo que realmente necesitamos.
Cuando nos acercamos a Jesús, cuando conversamos con Él en el silencio y nos abrimos a Su presencia, el vacío se transforma en paz, amor genuino y propósito eterno. Dios es el verdadero hogar que nuestra alma anhela.
Las distracciones solo apagan el vacío por un momento, pero la comunión con Dios lo llena para siempre: vuelve a tu hogar espiritual y encuentra la plenitud.
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